El socialismo es y ha sido para España pura decadencia.
Si observas la Historia reciente de España llegas a la conclusión de que los que la gobernaban querían empobrecerla o quizás destruirla. Nuestro vigorosa industria fue desmantelada cuando entramos en la Unión Europea para que no compitiera con la alemana y la francesa. La que quedó tuvo que cerrar por falta de apoyos o fue vendida, poco a poco, a extranjeros, mientras los políticos cobraban bien su traición con comisiones secretas. Vendieron hasta empresas estratégicas, como Endesa, productora de energía, y otras muchas.
La desindustrialización de España es un drama desde finales del siglo XX, marcado por una transición económica que priorizó el sector servicios y el turismo sobre la industria tradicional. Este proceso tuvo sus raíces en la década de 1980, cuando España se integró en la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea) y comenzó a adaptarse a las dinámicas del mercado global. La apertura comercial y la competencia internacional expusieron a las industrias españolas, muchas de las cuales eran poco competitivas debido a su obsolescencia tecnológica y a una estructura productiva basada en sectores como la siderurgia, la construcción naval y el textil, que enfrentaron dificultades para modernizarse frente a países con costes laborales más bajos o mayor innovación.
Muchas de las empresas industriales que quedaron en pie tuvieron que cerrar abrumadas por fenómenos como los impuestos elevados. el exceso de burocracia y la política de desprestigio de los empresarios, promovida por la izquierda.
Durante las décadas de 1990 y 2000, la desindustrialización se aceleró con el cierre de numerosas fábricas y la pérdida de empleos en regiones tradicionalmente industriales como el País Vasco, Cataluña y Asturias. El auge del sector inmobiliario y el turismo, impulsados por el crecimiento económico previo a la crisis de 2008, desviaron la inversión y la atención del gobierno hacia actividades de mayor retorno a corto plazo, relegando la industria a un segundo plano. Aunque esta reorientación económica generó riqueza temporal, dejó al país vulnerable a crisis externas, como se evidenció tras el colapso financiero global, cuando la falta de un tejido industrial sólido dificultó la recuperación económica y el empleo estable.
En la actualidad, España enfrenta el reto de revertir parcialmente esta tendencia mediante políticas de reindustrialización, enfocadas en sectores estratégicos como las energías renovables, la tecnología y la automoción eléctrica. Sin embargo, el proceso es complejo debido a la falta de apoyos públicos, la decadencia generalizada del país, la dependencia de fondos europeos, la necesidad de formación especializada y la competencia global.
La desindustrialización ha dejado una huella profunda en la estructura social y económica del país, con un aumento de la precariedad laboral y una menor resiliencia económica, lo que plantea interrogantes sobre el modelo de desarrollo a largo plazo y la capacidad de España para adaptarse a los desafíos del siglo XXI.
El sanchismo ha sido como una pandemia para España, a la que ha impuesto años de mentiras, decadencia, división, odio y fango. Nos han hecho campeones en desempleo, trata de blancas, tráfico y consumo de drogas, blanqueo de dinero sucio, despilfarro oficial, políticos atiborrados de privilegios, endeudamiento y corrupción generalizada.
España vive una huida hacia ninguna parte con el temor de que el legado del sanchismo, que ya es funesto, se convierta en fatal y nos hunda en todo el siglo XXI.
Sánchez llegó al poder cabalgando sobre engaños, estafas y corrupción. Fue expulsado por su partido por tramposo y ganó una moción de censura basada en mentiras y promesas que nunca cumplió. Durante su mandato, la corrupción y el abuso de poder que prometió eliminar han crecido como la espuma, provocando indignación, hasta el punto de que hoy es el dirigente más rechazado y odiado por su pueblo en toda Europa.
El temor no es ya que gane las próximas elecciones, algo que es casi imposible dado el rechazo que provoca, sino que sepulte la democracia, falsee los resultados de las urnas y se incruste en el poder como un autócrata sin vergüenza ni honra.
Francisco Rubiales
Si observas la Historia reciente de España llegas a la conclusión de que los que la gobernaban querían empobrecerla o quizás destruirla. Nuestro vigorosa industria fue desmantelada cuando entramos en la Unión Europea para que no compitiera con la alemana y la francesa. La que quedó tuvo que cerrar por falta de apoyos o fue vendida, poco a poco, a extranjeros, mientras los políticos cobraban bien su traición con comisiones secretas. Vendieron hasta empresas estratégicas, como Endesa, productora de energía, y otras muchas.
La desindustrialización de España es un drama desde finales del siglo XX, marcado por una transición económica que priorizó el sector servicios y el turismo sobre la industria tradicional. Este proceso tuvo sus raíces en la década de 1980, cuando España se integró en la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea) y comenzó a adaptarse a las dinámicas del mercado global. La apertura comercial y la competencia internacional expusieron a las industrias españolas, muchas de las cuales eran poco competitivas debido a su obsolescencia tecnológica y a una estructura productiva basada en sectores como la siderurgia, la construcción naval y el textil, que enfrentaron dificultades para modernizarse frente a países con costes laborales más bajos o mayor innovación.
Muchas de las empresas industriales que quedaron en pie tuvieron que cerrar abrumadas por fenómenos como los impuestos elevados. el exceso de burocracia y la política de desprestigio de los empresarios, promovida por la izquierda.
Durante las décadas de 1990 y 2000, la desindustrialización se aceleró con el cierre de numerosas fábricas y la pérdida de empleos en regiones tradicionalmente industriales como el País Vasco, Cataluña y Asturias. El auge del sector inmobiliario y el turismo, impulsados por el crecimiento económico previo a la crisis de 2008, desviaron la inversión y la atención del gobierno hacia actividades de mayor retorno a corto plazo, relegando la industria a un segundo plano. Aunque esta reorientación económica generó riqueza temporal, dejó al país vulnerable a crisis externas, como se evidenció tras el colapso financiero global, cuando la falta de un tejido industrial sólido dificultó la recuperación económica y el empleo estable.
En la actualidad, España enfrenta el reto de revertir parcialmente esta tendencia mediante políticas de reindustrialización, enfocadas en sectores estratégicos como las energías renovables, la tecnología y la automoción eléctrica. Sin embargo, el proceso es complejo debido a la falta de apoyos públicos, la decadencia generalizada del país, la dependencia de fondos europeos, la necesidad de formación especializada y la competencia global.
La desindustrialización ha dejado una huella profunda en la estructura social y económica del país, con un aumento de la precariedad laboral y una menor resiliencia económica, lo que plantea interrogantes sobre el modelo de desarrollo a largo plazo y la capacidad de España para adaptarse a los desafíos del siglo XXI.
El sanchismo ha sido como una pandemia para España, a la que ha impuesto años de mentiras, decadencia, división, odio y fango. Nos han hecho campeones en desempleo, trata de blancas, tráfico y consumo de drogas, blanqueo de dinero sucio, despilfarro oficial, políticos atiborrados de privilegios, endeudamiento y corrupción generalizada.
España vive una huida hacia ninguna parte con el temor de que el legado del sanchismo, que ya es funesto, se convierta en fatal y nos hunda en todo el siglo XXI.
Sánchez llegó al poder cabalgando sobre engaños, estafas y corrupción. Fue expulsado por su partido por tramposo y ganó una moción de censura basada en mentiras y promesas que nunca cumplió. Durante su mandato, la corrupción y el abuso de poder que prometió eliminar han crecido como la espuma, provocando indignación, hasta el punto de que hoy es el dirigente más rechazado y odiado por su pueblo en toda Europa.
El temor no es ya que gane las próximas elecciones, algo que es casi imposible dado el rechazo que provoca, sino que sepulte la democracia, falsee los resultados de las urnas y se incruste en el poder como un autócrata sin vergüenza ni honra.
Francisco Rubiales
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