El empeño absurdo e innecesario por desenterrar a Franco, empleando más energías y prisa que en solucionar los grandes dramas de España, es la prueba más evidente de que muchos políticos españoles son una plaga ajena a la ciudadanía y habituada a anteponer sus propios intereses al bien común.
Desenterrar a Franco en un país que tiene al menos un centenar de problemas que reclaman una solución urgente más que una frivolidad es una traición en toda regla. Mientras el gobierno apuesta por la propaganda y por ganar un puñado de votos desenterrando el pasado y poniendo en peligro la reconciliación nacional, hay dramas que claman al cielo y que la clase política relega, como la corrupción, el divorcio entre políticos y ciudadanos, el deterioro de la democracia, las amenazas de ruptura de España, el avance del imperialismo catalán por tierras de Valencia y Mallorca, el insoportable tamaño del Estado, la existencia de más políticos a sueldo que en Francia, Alemania e Inglaterra juntos, el desprestigio de España en el escenario mundial, el poder excesivo de los políticos, la masa de aforados, la precariedad, el despilfarro, el endeudamiento, la desigual y desequilibrada ley electoral, las violaciones a la Constitución perpetradas por la clase política, la indeseable financiación pública de los partidos políticos, la invasión de indeseable y delincuentes extranjeros, que llegan mezclados con emigrantes honrados, la nula participación de los ciudadanos en la política, la caída en calidad de la sanidad y la educación, el pésimo funcionamiento de las autonomías y un larguísimo etcétera que pone los pelos de punta a millones de españoles.
El traslado de su tumba convertirá a Franco, todavía más, en un héroe añorado para millones de españoles. La imbecilidad de los políticos desenterradores degradará todavía más la falsa democracia, incrementará el desprestigio de la clase política y alejará más a los políticos de los ciudadanos.
El que fue el logro más destacado de la España del presente, la decisión colectiva de enterrar el pasado y olvidar los desastres de la guerra para, juntos, construir un gran país moderno, plasmado en la Constitución de 1978, se está poniendo en peligro por una izquierda esquizofrénica y confundida, que es incapaz de amar a España lo suficiente para perdonar y mirar al frente creando ilusión y metas comunes, y por una derecha contaminada y tan corrupta como la izquierda que ha abandonado sus ideales y que sólo sabe moverse en aguas corrompidas.
Desenterrar a Franco abandonando las grandes prioridades y dramas del país es una labor rastrera propia de ladrones y profanadores de tumbas. Apostar por la venganza y por desenterrar el pasado es algo tan miserable e irracional que sus promotores, sobre todo el gobierno de Pedro Sánchez, terminará pagándolo con un castigo ejemplar en las urnas, protagonizado por esa España decente y patriota que todavía subsiste.
Cada día somos más los que sospechamos que los gobernantes apuestan por despertar asuntos polémicos que causan la división y el enfrentamiento, demostrando maldad y espíritu rastrero porque a ellos no les interesa una ciudadanía con capacidad de reflexionar y de fijar la mirada en los verdaderos dramas de España, como son la ausencia de democracia, la bajeza de su clase dirigente y el terrible y descorazonador balance de la falsa democracia, desde su creación, en 1978.
Francisco Rubiales
Desenterrar a Franco en un país que tiene al menos un centenar de problemas que reclaman una solución urgente más que una frivolidad es una traición en toda regla. Mientras el gobierno apuesta por la propaganda y por ganar un puñado de votos desenterrando el pasado y poniendo en peligro la reconciliación nacional, hay dramas que claman al cielo y que la clase política relega, como la corrupción, el divorcio entre políticos y ciudadanos, el deterioro de la democracia, las amenazas de ruptura de España, el avance del imperialismo catalán por tierras de Valencia y Mallorca, el insoportable tamaño del Estado, la existencia de más políticos a sueldo que en Francia, Alemania e Inglaterra juntos, el desprestigio de España en el escenario mundial, el poder excesivo de los políticos, la masa de aforados, la precariedad, el despilfarro, el endeudamiento, la desigual y desequilibrada ley electoral, las violaciones a la Constitución perpetradas por la clase política, la indeseable financiación pública de los partidos políticos, la invasión de indeseable y delincuentes extranjeros, que llegan mezclados con emigrantes honrados, la nula participación de los ciudadanos en la política, la caída en calidad de la sanidad y la educación, el pésimo funcionamiento de las autonomías y un larguísimo etcétera que pone los pelos de punta a millones de españoles.
El traslado de su tumba convertirá a Franco, todavía más, en un héroe añorado para millones de españoles. La imbecilidad de los políticos desenterradores degradará todavía más la falsa democracia, incrementará el desprestigio de la clase política y alejará más a los políticos de los ciudadanos.
El que fue el logro más destacado de la España del presente, la decisión colectiva de enterrar el pasado y olvidar los desastres de la guerra para, juntos, construir un gran país moderno, plasmado en la Constitución de 1978, se está poniendo en peligro por una izquierda esquizofrénica y confundida, que es incapaz de amar a España lo suficiente para perdonar y mirar al frente creando ilusión y metas comunes, y por una derecha contaminada y tan corrupta como la izquierda que ha abandonado sus ideales y que sólo sabe moverse en aguas corrompidas.
Desenterrar a Franco abandonando las grandes prioridades y dramas del país es una labor rastrera propia de ladrones y profanadores de tumbas. Apostar por la venganza y por desenterrar el pasado es algo tan miserable e irracional que sus promotores, sobre todo el gobierno de Pedro Sánchez, terminará pagándolo con un castigo ejemplar en las urnas, protagonizado por esa España decente y patriota que todavía subsiste.
Cada día somos más los que sospechamos que los gobernantes apuestan por despertar asuntos polémicos que causan la división y el enfrentamiento, demostrando maldad y espíritu rastrero porque a ellos no les interesa una ciudadanía con capacidad de reflexionar y de fijar la mirada en los verdaderos dramas de España, como son la ausencia de democracia, la bajeza de su clase dirigente y el terrible y descorazonador balance de la falsa democracia, desde su creación, en 1978.
Francisco Rubiales